FRAGMENTO DEL INICIO
La casa de la tía Clara
Laura frenó suavemente frente a la antigua propiedad. El auto emitió un pequeño suspiro al apagarse, como si también sintiera el peso del momento. Emiliano, su hijo de ocho años, se asomó desde el asiento trasero con la frente pegada al vidrio.
—¿Aquí es, mami?
Laura asintió en silencio. El portón oxidado que tenían delante era apenas una antesala de lo que les esperaba: una casa que llevaba abandonada más de veinte años. Herencia inesperada de su tía Clara, fallecida sin descendencia, sin testamento claro, pero con un legado lleno de misterio.
Bajaron del auto. El crujido de las hojas secas bajo sus pies acompañaba cada paso como si la tierra misma susurrara su bienvenida. Laura encontró la llave bajo una piedra plana, justo donde el abogado le había indicado. La sostuvo por un segundo antes de introducirla en la cerradura, que cedió tras un clic seco.
Dentro, el aire era denso. El polvo flotaba en haces de luz que se colaban por entre las cortinas cerradas. El silencio era tan espeso que Emiliano se detuvo de inmediato, aferrándose a la mano de su madre.
—¿Está vacía?
—No exactamente —respondió Laura, observando los muebles cubiertos con sábanas—. Solo necesita vida otra vez.
Recorrieron lentamente la planta baja. El comedor, el estudio, una sala que aún olía a libros viejos y cera de vela. La cocina estaba extrañamente limpia, como si alguien la hubiera usado recientemente, aunque eso era imposible.
En el segundo piso, cada habitación parecía tener su propio ecosistema de polvo y recuerdos. En una de ellas, un espejo ovalado colgaba de la pared frente a una antigua cómoda de madera tallada. Laura se detuvo frente a él. Por un momento, su reflejo pareció tardar una fracción de segundo más en moverse. Parpadeó, y el efecto desapareció. No dijo nada.
Eligió la habitación contigua para ella y Emiliano. Mientras preparaban sus cosas, notó que su hijo miraba insistentemente hacia el pasillo.
—¿Pasa algo?
—Ese espejo… creo que vi a una señora parada detrás de ti.
Laura intentó sonreír con naturalidad, pero por dentro se heló.
—Estás cansado. Ha sido un día largo.
La historia apenas comienza.
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